Malas, malísimas

Hace casi un par de años dejé de seguir a las #malasmadres en las redes y gané calidad de vida. Tal cual lo digo. Dejé de disgustarme por el rollo que llevaban, las acciones que emprendían… Aunque me costó, lo entendí finalmente: las #malasmadres no me representaban, no eran de mi rollo, Admi, déjalo, van a otras cosas… y no tardé en superar la decepción que me había producido este ciber-grupo que durante un tiempo había mirado con complicidad e ilusión, pensando (ilusa de mi, oh, ingenua de mierda) que querían desmontar a #labuenamadre y liberarnos a todas un poco de la carga de ser perfectas y tal.

Pero hoy tengo la desgracia de que más allá de las redes (donde esto de dejar de seguir o directamente bloquear a la peña es un vicio que libera, aligera, sana y purifica) las #malasmadres tienen bastante notoriedad en los medios tradicionales y ahí, ya, aunque yo ni las busque ni las encuentre, me asaltan. Que si no es mi madre la que ha visto el reportaje, es una conocida de la piscina, o una madre del cole de mis crías… Y “estos temas a tí te interesaban, no, Admi?”, pues al final, me acabo enterando y sufro, me castigo, padezco reportajes como el que publicó la revista “Yo Dona” el pasado fin de semana.

No voy a decir nada más. Sólo dejo aquí algunas imágenes.

No puedo. Tengo que decir algo más. Y es que no hay derecho. No hay derecho a que presenten de color rosa el universo de ser madre y empresaria, o ser madre y autónoma a la vez, o ser madre y trabajadora. Me ha parecido súper indignante. No se puede edulcorar más una realidad tan compleja y a veces tan dura. No se puede idealizar así. Qué mal. Tengo ganas de hacer daño a alguien. ¡Ay, qué cabreo!

#prayforAdmi

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